Para San Martín la minería era una política estratégica

Para San Martín la minería era una política estratégica para el desarrollo de Cuyo y para financiar la Campaña Libertadora de Argentina, Chile y Perú.
Escribe Carlos Campana*
Hay otro punto de vista y es histórico. El Libertador José de San Martín impulsó la minería, una política que Mendoza olvidó recuperar.
En medio de la crisis, el Gran Capitán supo ver en las entrañas de la cordillera no sólo vetas de oro o plata, sino vetas de libertad.
El General San Martín no sólo fue un militar, sino también un hombre comprometido con la economía.
En los últimos 20 años, la palabra minería ha despertado en un pequeño sector de la sociedad y la política mendocina, una respuesta automática de rechazo, casi instintiva, que dificulta cualquier análisis serio sobre su verdadero impacto.
Este fenómeno se vuelve especialmente visible en Mendoza, donde un reducido grupo de activistas intenta bloquear el desarrollo minero en la zona de Uspallata mediante protestas pequeñas pero ruidosas, guiadas más por motivaciones políticas que por argumentos técnicos o ambientales.

Sin embargo, la minería moderna -bien regulada, ambientalmente controlada y transparente- sigue siendo una de las actividades económicas con mayor capacidad de generar empleo genuino, atraer inversiones, diversificar la matriz productiva y ofrecer un horizonte de progreso en momentos de fuerte incertidumbre económica que vive la provincia.
El valle de Uspallata representa una oportunidad histórica. Sus proyectos de minería a cielo abierto podrían crear miles de puestos de trabajo directos e indirectos.
Además, podrían impulsar obras de infraestructura largamente esperadas y consolidar una red económica que dinamizaría no sólo al departamento de Las Heras, sino a toda Mendoza.
A pesar de estos beneficios potenciales, un pequeño núcleo opositor intenta frenar estos avances apoyándose en consignas simplificadas, eslóganes importados de otros conflictos y narrativas que poco tienen que ver con la realidad provincial.
Lo paradójico es que muchos de los detractores desconocen que uno de los principales defensores del desarrollo minero en la historia argentina fue el General José de San Martín.
Durante su gestión como gobernador intendente de Cuyo, el Libertador impulsó activamente la minería como fuente de recursos indispensables para financiar la gesta emancipadora.
Para él, la actividad minera no era un accesorio: era una política estratégica que garantizaba la libertad económica de las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata.
Pese a ello, algunos periodistas y ciertos historiadores contemporáneos han intentado, en este último tiempo, reducir el pensamiento económico del gobernador de Cuyo a un mero capítulo militar, omitiendo deliberadamente su profundo interés por la economía regional y, especialmente, por el potencial minero de la zona.
Estas lecturas tergiversadas han contribuido a construir una visión parcial, incompleta y, en ocasiones, malintencionada de la historia cuyana.
Frente a este contexto, recuperar la verdad histórica se vuelve indispensable.
Entender que el Padre de la Patria veía en la minería una herramienta de progreso permite iluminar el debate actual desde una perspectiva menos ideológica y más pragmática.
La discusión sobre Uspallata no es, entonces, un simple enfrentamiento entre ambientalismo y productividad, sino una oportunidad para retomar una tradición de desarrollo responsable que acompaña a Mendoza desde sus orígenes.
Y lo que está en juego no es una actividad aislada, sino el futuro económico de toda la provincia.
- Momentos difíciles
En 1814, las Provincias de Cuyo parecían suspendidas en un tiempo incierto, como si una nube gris, pesada y persistente se hubiese posado sobre ellas.
Las guerras de la independencia habían desgastado cada músculo de la región, y la economía -esa estructura siempre frágil entre montañas y desiertos- se encontraba al borde de un colapso que amenazaba con arrastrarlo todo.
Los habitantes, ya acostumbrados a las convulsiones de la época, empezaron a mirar el futuro con un temor que no se nombraba, pero que flotaba en el aire como un presentimiento.
Los ingresos fiscales, siempre escasos, venían de una serie de impuestos modestos y dispersos: carnes, correos, peajes y el peculiar pontonazgo, ese tributo que se pagaba por cruzar un puente.
Eran migajas para un gobierno que necesitaba dinero, certezas y herramientas para sostener la causa independentista.
Las arcas estaban tan debilitadas que apenas alcanzaban para cubrir los sueldos más elementales de la administración pública post colonial.
Si la independencia dependía del dinero, las provincias cuyanas estaban librando su batalla más difícil.
Pero la crisis financiera no era el único dolor de cabeza.
La vida política de Cuyo ardía con tensiones profundas. Una parte de la población seguía fiel al rey Fernando VII y soñaba con restaurar la autoridad española.
Familias enteras, de antigua prosapia, se dividieron entre monárquicos y patriotas. La grieta era real, palpable: atravesaba pueblos, hogares, sobremesas y silencios incómodos.
Y a todo ello se sumaba un tercer grupo, quizás el más numeroso, formado por quienes simplemente no querían saber nada: la indiferencia política, hija del cansancio y del miedo.
En ese cuadro plagado de contradicciones, el mayor temor de las autoridades locales era claro: si la crisis se profundizaba, si la escasez se transformaba en desesperación, todos los esfuerzos por sostener la causa emancipadora podían derrumbarse.
La región estaba sin recursos, sin unidad, sin plan. Era un escenario perfecto para el desaliento.
- La llegada de un gobernador singular
En septiembre de 1814, cuando José de San Martín llegó a Mendoza para asumir el mando político y militar de Cuyo, no sólo arribó un coronel mayor.
Llegó un hombre con un cúmulo de experiencias europeas, con una visión estratégica que excedía por completo la política de cabildo y el manejo rutinario del erario local.
Su nombramiento coincidía con un momento crítico: Cuyo necesitaba algo más que un funcionario temporal; necesitaba un estratega, un organizador, un líder capaz de comprender la región en todas sus dimensiones.
A los pocos días de ocupar su despacho, el creador de los Granaderos a Caballo se enteró de la fragilidad extrema del erario público.
La caja del Estado tenía tan pocos pesos fuertes que el gobierno apenas podía cumplir con el pago de salarios.
Sin ejército sólido, sin recursos y sin cohesión social, la defensa de la frontera oeste resultaba casi una quimera.
La independencia, pensó San Martín, no podía sostenerse sólo con fervor patriótico; necesitaba estructura, trabajo, recursos y voluntad colectiva.
Los empréstitos forzosos -una herramienta delicada y riesgosa- fueron una de las salidas inmediatas. No era una medida simpática, pero era inevitable.
El Libertador la aplicó en 1815 y 1816 para evitar que el Estado colapsara. Aún así, San Martín sabía que los parches no podían convertirse en políticas estructurales.
“El país no puede mendigar eternamente a sus propios vecinos”, habría dicho con su habitual sensatez.
Había que pensar a largo plazo. Había que crear riqueza. Y allí comenzó una transformación silenciosa pero decisiva.
- El pensamiento económico del Padre de la Patria
A pesar de su carrera militar, San Martín no era un improvisado en cuestiones económicas. Había vivido en Europa durante una época de transformaciones profundas, en plena ebullición industrial y liberal.
Había visto cómo el progreso dependía del trabajo organizado, del capital y de la innovación.
Aquellas ideas no lo habían abandonado cuando cruzó el Atlántico; por el contrario, las llevaba consigo como herramientas indispensables para construir un proyecto sólido en Sudamérica.
En Cuyo encontró una región con una base productiva rudimentaria: agricultura limitada, ganadería simple y una manufactura artesanal que apenas alcanzaba para el consumo local.
Era evidente que hacía falta algo más. Y ese “algo” tenía que surgir de los recursos que la naturaleza ofrecía de manera generosa pero inexplorada.
Así, San Martín se propuso convertir la economía cuyana en una estructura más compleja, diversificada y capaz de sostener el sueño mayor: la emancipación americana.
- El diagnóstico y el plan
Su primer paso fue solicitar a Manuel García, su asesor político, un informe exhaustivo sobre las potenciales industrias de la región.
El resultado fue claro: había pequeños talleres de zapatos, sombreros y prendas varias, que San Martín decidió impulsar.
También fomentó la producción de aguardientes y frutas secas, productos que después se comercializaron en zonas del Litoral.
Pero el gran hallazgo, el corazón de su proyecto económico, fue la minería.
El Libertador había tenido un primer contacto significativo con la zona minera de Uspallata en octubre de 1814, cuando fue a recibir a los exiliados chilenos tras la derrota de Rancagua.
Durante esos días, observó las vetas de oro, plata y cobre que dormían, esperando la mano de una administración capaz de explotarlas.
Allí comprendió que la cordillera no era sólo una frontera: era un tesoro.
Y si había algo que San Martín sabía hacer era transformar un recurso potencial en una herramienta concreta para la causa patriota.
- La minería, un recurso ancestral
La actividad minera no era nueva en Cuyo. Desde el siglo XVII los colonizadores españoles habían identificado y trabajado distintos yacimientos.
Más al norte, en Potosí, brillaba el centro minero más importante del continente; pero en la región cuyana existían reservas de enorme potencial: Famatina, Uspallata, Jáchal y La Carolina.
Sin embargo, estas riquezas habían esperado demasiado: faltaba capital, tecnología, mano de obra capacitada y, sobre todo, decisión política.
En 1813, la Asamblea del Año XIII sancionó, el 7 de mayo, la primera ley de fomento minero. Aunque nació con vocación de futuro, la ley había tenido un efecto limitado.
Faltaba un líder que la aplicara con fuerza, visión y sentido práctico. Y ese líder fue el nuevo gobernador de Cuyo.
Es posible que el designado gobernador de Cuyo, encontró en esa ley el sustento legal perfecto para convertir la minería en el eje económico de la región.
No se trataba sólo de extraer metales: se trataba de generar capital, empleo y movimiento económico dentro de una zona clave para la independencia.
- Un proyecto de Estado: la Compañía Patriótica de Minas
La Compañía Patriótica de Minas, creada poco después de la Asamblea del XIII, representó el primer intento de darle estructura a la minería regional.
Su presidente, Manuel Ignacio Molina, había desarrollado desde fines del siglo XVIII una intensa actividad metalífera en Uspallata.
En ese lugar, Molina contaba con un establecimiento formidable para la época: hornos de fundición, un trapiche hidráulico y una organización que hoy conocemos a través de las famosas bóvedas de Uspallata.

Cuando San Martín asumió, no tardó en ver en esa empresa un núcleo perfecto para una política económica más ambiciosa.
Planteó al Cabildo la necesidad urgente de impulsar el desarrollo minero y envió proyectos que fueron aprobados sin resistencia.
La minería dejaba de ser un emprendimiento privado ocasional y pasaba a convertirse en un objetivo de Estado.
- Un proyecto que atraviesa fronteras
La visión de San Martín no era localista ni estrecha. Comprendía que la economía de Cuyo debía funcionar como una unidad territorial.
Por eso, impulsó la explotación minera no sólo en Mendoza, sino también en San Juan y San Luis.
Le escribió numerosas cartas al gobernador sanjuanino para que reactivara las minas de San José de Jáchal, que desde tiempos coloniales habían demostrado su riqueza.
En menos de un año, la industria minera de la zona revivió.
También envió instrucciones a San Luis, donde el gobierno local acató rápidamente sus sugerencias.
El resultado fue notable: las provincias de Cuyo comenzaron a equilibrar sus cuentas y a fortalecer sus arcas.
La minería se transformó en un motor económico que permitió sostener la creación y mantenimiento del Ejército de los Andes.

- El legado minero de San Martín
Poco después de la independencia de las Provincias Unidas, más precisamente, el 1° de agosto de 1816, fue creado el Ejército de los Andes y el gobernador coronel mayor San Martín fue designado General en Jefe.
Su reemplazante para el cargo de primer mandatario de Cuyo fue el brigadier Toribio Luzuriaga, quien continuó con el proyecto minero.
Pero incluso lejos del cargo, el vencedor de San Lorenzo, nunca abandonó su visión de convertir a Cuyo en un polo minero de escala continental.
La idea no solamente fue proyectada en Mendoza, San Juan y San Luis, sino que fue más allá de la frontera.
Perú fue otro de los lugares en que ‘El Protector’ promocionó la industria minera con capitales de empresarios británicos y esto se concretó en la década siguiente, especialmente a partir de 1823.
También se logró en Uspallata, cuando una compañía de capitales del Reino Unido, con la gestión de su compadre, el ingeniero José Antonio Álvarez de Condarco, invirtieron en explotaciones de Uspallata y Jáchal.
Al mirar en retrospectiva, la política minera del ganador de Maipú revela una faceta que suele quedar relegada ante su épica militar: la de un administrador moderno, un dirigente económico audaz, un visionario que comprendió que la libertad no se conquista sólo con voluntad, sino con recursos concretos y una estructura económica funcional.
‘El Santo de la Espada’ entendió que Cuyo no podía ser sólo una frontera militar: debía ser un territorio productivo, dinámico y capaz de financiar su propio destino.
Su mirada trascendía la urgencia: sembraba para un futuro que él mismo no vería, pero que otros continuarían.
Por eso, más de dos siglos después, su proyecto minero no sólo habla de economía. Habla de estrategia, de inteligencia política, de modernidad.
Habla de un hombre que, en medio de la crisis, supo ver en las entrañas de la cordillera no sólo vetas de oro o plata, sino vetas de libertad.
*Periodista e Historiador. Columnista de El Ciudadano
