Screenshot_20260205_210437_Samsung Internet

Un principio de círculo virtuoso que necesita realimentarse desde el sector real de la economía.

Escribe Jorge Vasconcelos*

Compras netas de dólares por parte del Banco Central, a un ritmo de 60 millones por día en enero, riesgo país perforando el piso de los 500 puntos, ilustran sobre una marcada mejora de las condiciones financieras del país.

Se frenó la “fuga de capitales”, que se había expresado entre julio y octubre en demanda de dólares de 5.000 millones de dólares/mes por parte de personas físicas, a 1.100 millones en noviembre, pero en diciembre se pasó a 1.800 millones.

Esta es una variable clave de cara a 2026, porque captura un tercio del volumen total del mercado cambiario, y es mucho más sensible a las señales de la macro y de la política que el segmento asociado al comercio exterior de bienes.

El principio de “círculo virtuoso” que se ha puesto en movimiento por el cambio en las condiciones financieras necesita retroalimentarse desde el lado del sector real de la economía, pero las secuelas de tres trimestres de estancamiento del nivel de actividad complican la recuperación de la inversión pública, del crédito al sector privado (con excepción de los préstamos en dólares) y del empleo.

Esto en un contexto en el que el gobierno está volviendo a recurrir al “ancla cambiaria”, preocupado por el hecho de que, desde septiembre, la inflación se ha instalado por encima del 2,0% mensual.

Para activar decisiones masivas de inversión se necesita ampliar el horizonte hasta que quede bosquejado un 2027 (año de elecciones presidenciales) exento de grandes sorpresas, y los instrumentos de la macro deberían ofrecer más garantías al respecto, ya que el actual régimen de bandas cambiarias indexadas es un híbrido, que en algunos ítems relevantes pierde en la comparación con el crawl del segundo semestre de 2024, y en otros con el hipotético régimen bimonetario a “la peruana”.

En el segundo semestre de 2024 hubo compras de dólares significativas por parte del Banco Central y, al mismo tiempo, fuerte expansión del crédito al sector privado, con una combinación de tasas de interés positivas medidas en dólares, pero negativas en términos de inflación, esto mientras fue creíble el deslizamiento preanunciado del tipo de cambio oficial al 2,0 % mensual.

Compras netas de dólares del Banco Central. Fuente: IERAL en base a datos del BCRA
Compras netas de dólares del Banco Central. Fuente: IERAL en base a datos del BCRA

En la comparación con un hipotético bimonetarismo análogo al de Perú, vale reiterar lo escrito en el informe de enero: “un régimen monetario-cambiario que pueda ser considerado permanente, y no de transición como el actual, es clave en la dimensión de las variables financieras, pero también en el plano de la economía real, por la ampliación del horizonte que conlleva.

Con “flotación administrada” del tipo de cambio, es posible morigerar el impacto de los eventuales choques externos sobre el nivel de actividad, a la vez que un esquema de metas de inflación, en dónde manda la tasa de interés de referencia fijada por el Banco Central, es el más apropiado para estirar el plazo de contratos pactados a tasa prefijada, permitiendo salir del cortoplacismo financiero”.

Evolución de la utilización de la capacidad industrial instalada. Fuente: IERAL en base a datos del INDEC
Evolución de la utilización de la capacidad industrial instalada. Fuente: IERAL en base a datos del INDEC

Focalizando en el plano real de la economía, se requieren herramientas más potentes que el RIMI (RIGI para medianas empresas) para hacer frente a la notable divergencia entre sectores, con brechas de nivel de actividad que se han acentuado en 2025 respecto de 2024.

Más allá de un cambio estructural que conlleva ganadores y perdedores, no se ha logrado darle suficiente flexibilidad del lado de la oferta a la economía, como lo muestra un recurrente 40% de capacidad ociosa en la industria.

Se supone que, con plantas subutilizadas, las empresas podrían ponerse a tiro de la demanda cubriendo sólo los costos variables, pero esto no está ocurriendo, y posiblemente explica en parte el reciente resultado de una licitación internacional en el marco de las inversiones asociadas a Vaca Muerta.

Ocurre que, cuando se definen los precios a cotizar en una licitación, hay que asumir la “inflexibilidad a la baja” del precio de insumos claves, impuestos y riesgo país, entre otros.

Se necesitan instrumentos que contemplen e incentiven la reconversión productiva acelerada, con empresas y trabajadores que puedan involucrarse directamente en la búsqueda de mayor flexibilidad del lado de la oferta, siendo el RIMI demasiado limitado al respecto.

  • Un “buen equilibrio” del sector externo requiere un salto en la Inversión Extranjera Directa

Un riesgo país por debajo de los 500 puntos es una excelente plataforma para seguir avanzando en el programa económico, siendo conscientes al mismo tiempo de que no debería haber espacio para el conformismo, más en un escenario global tan cambiante.

De corto plazo, se abre espacio a poder seguir financiando en 2026 un déficit de cuenta corriente del balance de pagos estabilizado en torno a los 2,0 puntos del PIB, permitiendo al mismo tiempo cierta recomposición de reservas del Banco Central, sin necesidad de repetir un ajuste como el de 2024.

Sin embargo, el 2026 no se estaría diferenciando del 2025 en el hecho de que el déficit externo sigue siendo financiado por endeudamiento (con el FMI el año pasado, de fuentes privadas en el presente).

Esta característica complica la extensión del horizonte de la economía.

En el “buen equilibrio”, la Argentina debería convivir con un déficit de entre 2 y 3 puntos del PIB en la cuenta corriente del balance de pagos, en la medida en que el ahorro interno es insuficiente para elevar la tasa de inversión por encima de los 20 puntos del PIB.

Pero para que ese escenario sea sostenible y menos expuesto a volatilidad, el rojo externo debería ser financiado por un flujo sostenido de Inversión Extranjera Directa, con ingreso neto de capitales del orden del 2 al 3% del PIB.

Evolución del Índice Merval en dólares. Fuente: IERAL
Evolución del Índice Merval en dólares. Fuente: IERAL

En el plano financiero, una tarea inmediata es aprovechar la baja del riesgo país para estirar los vencimientos de deuda pública, tanto la externa como la doméstica.

Por la magnitud de sus pasivos, la Argentina no tiene un problema de solvencia, pero ha enfrentado problemas de liquidez para renovar sus vencimientos, y todavía no está exenta de complicaciones en el futuro.

Privilegiar el estiramiento de los plazos de vencimiento de los títulos públicos en las próximas operaciones de administración financiera es muy relevante en términos de expectativas, con impacto también sobre el sector real de la economía. El reciente canje de Ecuador es una referencia apropiada.

La importancia de ese capítulo de la política económica tiene que ver con el hecho de que, luego de haber pagado los cupones de los bonos de principios de año, el Tesoro y el Banco Central tienen por delante todavía vencimientos por casi 8.000 millones hasta fin de año (incluye Bopreal, repos, Club de París y bonos), sin contar tramos a pagar de créditos de organismos y FMI; siendo que en 2027 esa cifra escala a 15.000 millones (excluyendo organismos y FMI). Con la deuda doméstica ocurre algo análogo.

Por otra parte, en la medida en que haya avances en la implementación del acuerdo del Mercosur con la Unión Europea, y de la Argentina con los Estados Unidos, las inversiones externas que pueda capturar nuestro país estarán direccionadas a sectores con ventajas competitivas, lo cual contribuirá a mejorar la “exportabilidad” de la economía.

Es un paradigma en las antípodas de la “sustitución de importaciones”, e implica cuotas crecientes de producción de bienes y servicios capaces de competir con la oferta mundial, dentro y fuera del mercado interno.

Una medida simple de “exportabilidad” es la participación en el PIB de los sectores de la economía que producen bienes “comercializables internacionalmente”.

Participación de sectores transables en el PIB. Fuente: IERAL en base a INDEC
Participación de sectores transables en el PIB. Fuente: IERAL en base a INDEC

 

Para que esta participación crezca en forma sostenida a lo largo de los próximos años, se necesita corregir todavía innumerables sesgos anti-exportación y aceptar que, a medida que aumenten las ventas al exterior, ocurra lo propio con las importaciones, una tendencia inevitable de la especialización.

La exportabilidad de la economía es muy limitada en el presente cuando se mide la proporción de producción de bienes transables y esa descripción también es válida para el segmento de servicios.

La exportación de servicios reales (turismo, industria del conocimiento) equivale en la Argentina a poco más de 2,0% del PIB, cuando en Uruguay, por ejemplo, alcanza al 8,0%.

Un mayor volumen de comercio exterior de bienes y servicios en relación al PIB, a su vez, mejora el “colateral” que el país puede ofrecer en términos de financiamiento externo.

Ingenierías financieras que permitan, a través del estiramiento de los vencimientos de deuda, estar menos expuestos a eventuales crisis externas de liquidez; condiciones para atraer inversión extranjera y acrecentar la participación de los sectores transables, son instrumentos para ampliar el horizonte de la economía y lograr crecimiento sostenido.

Pero ese combo necesita incluir otros vectores complementarios. Dada la historia argentina, es clave que se afiance la percepción de que las políticas de apertura y de control fiscal no tendrán reversión, independientemente de los resultados electorales; que el mercado de cambios y de capitales podrá funcionar en un futuro cercano sin cepos de ninguna clase, y que habrá instrumentos para morigerar el impacto de los ciclos de subida y bajada del nivel de actividad, que en países de la región han pasado a ser rutinarios y que en el nuestro todavía son percibidos como traumáticos.

En esencia, la ampliación del horizonte depende de la capacidad de la economía de comenzar a recuperar empleos genuinos, por las implicancias socio-políticas que esto tiene. Vale subrayar que en los dos últimos años ha habido una merma del 2,8 % de los puestos formales privados (de 6,38 a 6,19 millones de empleos).

Se hace complejo evaluar el ritmo y la intensidad que pueda alcanzar la recuperación del empleo, ya que en esa dinámica se superponen determinantes que hacen al mix de la macro (tipo de cambio y tasa de interés) y al cambio estructural en curso, propio de una economía que convivió con décadas de encerramiento y malos incentivos.

Ya se ha subrayado la heterogeneidad sectorial que se observa, visible desde 2024, pero acentuada en el transcurso de 2025. Una diversidad de situaciones sin demasiados instrumentos de política que la contemplen.

En el diagnóstico hay que incluir que el nivel de actividad promedio no sólo se estancó desde el segundo trimestre de 2025 sino que, además, sectorialmente profundizó el escenario de senderos divergentes. Tomando como base 100 noviembre de 2023, se tiene que la brecha en la dinámica de los sectores que componen el EMAE (proxy del PIB) observada a fin de 2025 amplifica el fenómeno que ya se advertía a fin de 2024.

La construcción, la industria y el comercio se han transformado en un lastre para el nivel de actividad, llevando a un estancamiento promedio pese a que el agro y la minería han tomado el rol de locomotora.

La economía argentina está ante una metamorfosis cambiaria

*Economista de la Fundación Mediterránea. 

**Las opiniones de los columnistas son de su exclusiva responsabilidad en ejercicio del derecho constitucional a la libre expresión sin censura previa y no necesariamente reflejan la línea editorial de SRSur News Agency

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *